Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

Categoría: Shorts

Sólo allá llueve

entrelasramas 29/08/2007 @ 00:27

 

Talvez la compasión, o quién sabe, la travesura la ocasionó: ella estuvo allí. En un lugar repleto de desencantos y aromas artificiales, en un atolladero de amistosas risotadas. En donde lo cavilar no tiene lugar, sólo en la mente de un hombrecillo. Aparece, como perdiguero caza-necesidades, la sonrisa disfrazada de curiosidad y, quizás compañia.

El recuerdo conlleva a la triste silla sola, testigo de un alma zozobrante. Yo sólo vi a un necesitado y su benefactora. Ella se sentó a su lado. A pesar de las novatas confusiones, que siempre acompañan todo dulce encuentro, lograron convivir esa media hora. El rostro antes apocado, sólo evidenciaba complacencia ante comentarios infantiles sin necesidad de pavoneos, como era costumbre por esos lados.

No pudiendo evitar connivir contra otros; se acercaron más (o es lo que él quiso pensar). Le dijo: "Sólo allá llueve, acá no. Pensé que vivías allá y tú pensaste lo mismo. Pero somos más vecinos de lo que aparentamos." Y ni temas como la Clase Obrera o el Callao, pudieron estancar dicho roce. La despedida fue fugaz; el recuerdo, sublime. De todos modos, todos se necesitan. El mundo necesita cariño ¿quién no?

Incluso las sillas...

Encontrando un "equilibrio" estable (parte III)

entrelasramas 11/07/2007 @ 01:12

Copa Rosa era de los pueblos (considerado provincia) en que uno quería pasar unas vacaciones de tibios aunque pálidos atardeceres. Viajeros desprendidos, desde muy lejos llegaban para escuchar las infinitas historias que en la memoria guardaban sus habitantes. Su diseño urbano parecía haber sido pincelado por un joven e indeciso Miguel Ángel aún en el taller de Ghirlandaio. Las aglutinadas y encasilladas viviendas eran gran reflejo de la mímesis - nada artística - que la incipiente clase burgués se esforzaba por imponer. Una jurisdicción propia de la antes aldea había sido erradicada por un gobierno de tipo municipal. La metrópoli casi se ubicaba a la periferia del poblado, si no fuera por el río Viso. A propósito del río, éste ilustraba un espejismo cautivador que, acompañada del panorama ciudadano, componía un cuadro estupendo.

La vista de la ciudad despertaba no poco interés entre los jóvenes habitantes, pues uno de cada grande familia, que ocupaba el territorio virgen desde sus añorables inicios, ya se encontraba "al otro lado del río" y se había habituado, con poco esfuerzo, a ese orden. Las restantes - aún con vida - trece familias ocultaban su temor de dispersión y, por último, desaparición de la prosapia de, ingenuamente llamados, sincronizados colaterales. Éstas eran expertas en tal defensiva labor con el falsario lugar que mostraba proscenios galantes cuando, en realidad, ese babilónico recinto se encontraba al borde del ocaso. Aún así, los ingenuos y premeditados actores "coparrosanos", con ese arte particular, fabricaban y evindenciaban complacencia.

A pesar de la invasión disfrazada de progreso, del enajenado ornato y de la huída de los prosélitos hijos del pueblo, Copa Rosa mantenía un furor encomiable. Las visitas no cesaban y ciertamente no tenían por qué hacerlo. La vista era mágica, como cual amador adolescente observa por primera vez el sexo de su heterogéneo. Los campechanos habitantes, en su mayoría maduros, tan poco genéricos, congeniaban de manera brillante con los visitadores, quienes a menudo solían encantarse con las pachotadas - que en el lugar no se percibían así - de cada verso producido por éstos. Los pocos niños y zagales jóvenes que se mantenían en el lugar, vivían inocentemente siempre al margen de todo. Y, el rasgo característico, que jugaba con el rumor y la sospecha de los visitantes, el pay de dátil. Ésta colación, símbolo de un poblado sumergido en su fragilidad, de abundantes y crocantes nueces, cautivaba tan sólo con verla (creo innecesario mencionar el deleite producido al probarla).

Habitaba un hombre notable, avanzado en edad, muy respetado por todos, en la parte más alta de la colina, la conocida por todos, "casa del extremo". La llamaban así pues más allá de esta casa se encontraba el campo precediendo un desierto árido totalmente inhabitable; además ésta era la única que mantenía un frontispicio tradicional. Si se necesitaba un representante que cargara con las  fechorías de supuestos progresistas, que no moderadas veces visitaban desde la moderna civilización, Felipe, "el de la colina alta", era el indicado. Este pintor expresionista - con razón -, barbero los fines de semana, viudo de Alicia con quien tuvo sólo un hijo: Pablo, era el no oficial (pues era iletrado) consejero del inestable alcalde de dicho poblado. Los vecinos consideraban a Felipe como el verdadero gobernador debido a su liderazgo, su sobriedad, su ejemplo familiar y, sobre todo, su cordial roce con ellos.

Un cálido día llegaba a su final, los tazones invadían comedores y despedían un fuerte aroma a té negro, mientras un Felipe, agotado por la jornada pero ansioso por ser abordado por su hijo quien le había mencionado que le tendría una sorpresa, llegaba a casa. En el camino, él, no paraba de imaginar cuadros solemenes del acontecimiento que Pablo iba a protagonizar. Sus sospechas, acertadas por cierto, lo envolvían en una impaciencia sana. Él sabía que desde hace tiempo, Pablo, andaba con una joven camarera de "El ángel", único restaurante, por llamarlo de alguna manera, turístisco del lugar. Ésta chica, de esbelta y bella figura, hija del sheriff del poblado, era la más noble "mujer soltera" del lugar. Aunque asediada por todos los varones, en su tiempo libre, prefería laborar con los voluntarios de la iglesia cuidando a los ancianos del lugar.

Felipe, ya en casa, enciende el viejo radio que le regaló su padre, en un sillón cálido al costado de una ventana, y con una taza de té en la mano, recorre con la memoria el día del nacimiento de Pablo; de pronto, ve dos caminantes aproximarse...

Avistando un equilibrio estable (parte II)

entrelasramas 14/06/2007 @ 00:37

(El cielo es aplastante, el aire pesado, los cuadros se vuelven tenebrosos. La angustia y la ansiedad sofocan dos sombras ya agotadas. Los pasos se tornan agobiantes y, si hay algo que les impulsa a seguir por el agostizo trecho, es el acto de volver la mirada hacia el otro y contemplar de manera fugaz la razón de su seguir).

     PABLO. - Este malestar me mata. No puedo contener mis reacciones ante tan mal agüero que me grita este cielo desnaturalizado. Querida mía, este gran paso va a demostrar mi desarraigo conmigo mismo y mi entrega a ti. Escasos han sido los motivos que han aplacado este afán mío de formalizar esta unión pura. Pura como tú. Pura como nuestro proceder. Sin embargo, con tristeza profunda, preciosa, debo mencionarte sobre mi temor. Un miedo injustificado, un óbice maligno que, te juro, me encoge no sólo de hombros, sino de voluntad.

     ANDREA. - (Se detiene en una estratégica esquina y observa fijamente a su acompañante, y cuestiona conturbada) ¿De qué puede tratarse, amor mío? Acaso no rompimos con todo mural escabroso fabricante de desencantos. Dímelo tú, que de hombros encogidos te encuentras, cuando yo pierdo la mirada y se dispersa su intensidad (mira hacia abajo, en un gesto enternecedor y de resignación involuntaria).

     PABLO. - ¿Por qué? ¿Por qué el cobertor nos marea? - (suelta la mano de Andrea) - ¡Qué bochornoso mal nos rodea! ¿Acaso se cumplió el plazo de amar? ¿Acaso la renuncia se transforma en nuestro postremo recurso? Quiero asegurarte, niña dulce, que nada amenguará mis fuerzas por tenerte a mi lado siempre. - (vuelve a tomarla de la mano, la mira) - Ahora, canta. Cántame e incrementa mi fortaleza, pues tú eres el impulso que necesito, la fuerza de mis logros. Endúlzame el momento y empuja mi vitalidad que requiero de ti.

(Con la fascinante compañía del rumor zonal, con un ritmo único, dice...) 

     ANDREA. - (Señalando el cielo) - Ceder ante algo que lastime y haga decaer tu voluntad indica vulnerabilidad. Y este amor, así resplandeciente, no admite nada que lo perjudique. Este amor, va más allá de este mal intencionado panorama. Fue construido con los mejores cimientos que existen. ¿Recuerdas la tarde de flores? Llegar a ver tus manos dispersas y mágicas cargando los espíritus de colores radiantes cogidos en cada esquina del camino. Los alhelíes revoltosos que quieren salir en la foto; los tulipanes y su afanosa perfecta forma que alumbra las traviesas mocedades; las petunias tan regias, todas ellas ostentando su majestuosidad y belleza; en medio de todas, la deslumbrante reina de moda, la nemorosa, combatiente, siempre, al lustre y espigado clavel. Día de ensueños, dulce y aromático, devuélveme la vida, devuelve el golpe sutil de mi querer. Haz que la sombra en silencio se disipe al ver que ya no la necesitas. Infinitas estrellas alumbran tus pasos, caminos benditos, ribetes que te dirigen hacia mí. Recompensa de los cielos, cúbreme con tu manto, cubre mis despertares y acompaña mis soledades. Alza tu pacto y haz que reluzca en nuestro corredor dual atmosférico. Los verdes nos preceden y yo, al verte, al llorarte, en flor desértica transformada, sólo para tu deleite.

     PABLO. - (Con ojos húmedos) - En llanos y alfombras multicolor, habré de transformar tu monotonía desértica. Y es que, regalo excelso me has concedido. Las indulgencias limitadas me atreveré a ofrecerte, pero más la vida, que nada importa sin ti, bella flor. Acudamos ahora, resplandeciente cielo, ahora, que contigo he de surcar.

     ANDREA. - Por tu coqueteo sagaz y eterna transparencia, seguirte es la misión. Dichosa me encontraré cuando se concrete el candor característico, mi alma.

(Un abrazo, que la luna incipiente intenta reflejar en el circundante cielo agridulce, se obsequian los compañeros; se turnan miradas, y siguen el alfombrado...)

Buscando un equilibrio estable (Parte I)

entrelasramas 31/05/2007 @ 01:35

 

Está anocheciendo, pero la noche no es oscura. Es un lila agraciado. Es el lila más enternecedor que se haya podido divisar en este mundo tan poluto y descuidado. Dos caminantes se aproximan a lo lejos, a un ritmo ideal. Nadie puede opacar tal conexión; nadie más, a pesar de la gente, existe en esa imagen. El tosco bordillo se transforma en una exótica y bella alfombra que despide aromas divinos de pimpollos próximos a su delicada erosión al verlos pasar. Siguen acercándose, tal vez vienen a pedir mi aprobación. Yo sólo los observó desde mi maltratada ventana. Quiero que resulte a la perfección, por eso, necesito comprobarlo. La verdad es que la oposición indicaría condenación. Y yo no quiero eso, no para ella. Tal cuadro es tan cabal, que sería mezquino echarlo a perder. Pero debo cumplir con mi rol.

Al parecer, ya están llegando. Nunca la proximidad de tan caro espectáculo se vio tan acogedor y puro. Pero qué... Se han detenido, ¿qué pudo pasar? Vamos, la naturaleza confabula con su intención. No tengan miedo, mis brazos cansados y agrietados no son los indicados para recibirlos, pero son los que más hambre tienen de algo tan sublime ¿Qué ha pasado? Acaso se percataron que estoy contemplando su accionar. Pero si, con tan sólo verlos, he podido enamorarme de nuevo. Vamos, niños, no tengo tanto tiempo. Al precio de una cuadra podría brindarles felicidad, y, de paso, yo recibiría la mía. El lila se desvanece, así como mis deseos. Apúrense que quiero descansar. Enséñenme que existe aún el amor. No se detengan ahora, que mis animos disminuyen. Vengan, rápido o ...