
Copa Rosa era de los pueblos (considerado provincia) en que uno quería pasar unas vacaciones de tibios aunque pálidos atardeceres. Viajeros desprendidos, desde muy lejos llegaban para escuchar las infinitas historias que en la memoria guardaban sus habitantes. Su diseño urbano parecía haber sido pincelado por un joven e indeciso Miguel Ángel aún en el taller de Ghirlandaio. Las aglutinadas y encasilladas viviendas eran gran reflejo de la mímesis - nada artística - que la incipiente clase burgués se esforzaba por imponer. Una jurisdicción propia de la antes aldea había sido erradicada por un gobierno de tipo municipal. La metrópoli casi se ubicaba a la periferia del poblado, si no fuera por el río Viso. A propósito del río, éste ilustraba un espejismo cautivador que, acompañada del panorama ciudadano, componía un cuadro estupendo.
La vista de la ciudad despertaba no poco interés entre los jóvenes habitantes, pues uno de cada grande familia, que ocupaba el territorio virgen desde sus añorables inicios, ya se encontraba "al otro lado del río" y se había habituado, con poco esfuerzo, a ese orden. Las restantes - aún con vida - trece familias ocultaban su temor de dispersión y, por último, desaparición de la prosapia de, ingenuamente llamados, sincronizados colaterales. Éstas eran expertas en tal defensiva labor con el falsario lugar que mostraba proscenios galantes cuando, en realidad, ese babilónico recinto se encontraba al borde del ocaso. Aún así, los ingenuos y premeditados actores "coparrosanos", con ese arte particular, fabricaban y evindenciaban complacencia.
A pesar de la invasión disfrazada de progreso, del enajenado ornato y de la huída de los prosélitos hijos del pueblo, Copa Rosa mantenía un furor encomiable. Las visitas no cesaban y ciertamente no tenían por qué hacerlo. La vista era mágica, como cual amador adolescente observa por primera vez el sexo de su heterogéneo. Los campechanos habitantes, en su mayoría maduros, tan poco genéricos, congeniaban de manera brillante con los visitadores, quienes a menudo solían encantarse con las pachotadas - que en el lugar no se percibían así - de cada verso producido por éstos. Los pocos niños y zagales jóvenes que se mantenían en el lugar, vivían inocentemente siempre al margen de todo. Y, el rasgo característico, que jugaba con el rumor y la sospecha de los visitantes, el pay de dátil. Ésta colación, símbolo de un poblado sumergido en su fragilidad, de abundantes y crocantes nueces, cautivaba tan sólo con verla (creo innecesario mencionar el deleite producido al probarla).
Habitaba un hombre notable, avanzado en edad, muy respetado por todos, en la parte más alta de la colina, la conocida por todos, "casa del extremo". La llamaban así pues más allá de esta casa se encontraba el campo precediendo un desierto árido totalmente inhabitable; además ésta era la única que mantenía un frontispicio tradicional. Si se necesitaba un representante que cargara con las fechorías de supuestos progresistas, que no moderadas veces visitaban desde la moderna civilización, Felipe, "el de la colina alta", era el indicado. Este pintor expresionista - con razón -, barbero los fines de semana, viudo de Alicia con quien tuvo sólo un hijo: Pablo, era el no oficial (pues era iletrado) consejero del inestable alcalde de dicho poblado. Los vecinos consideraban a Felipe como el verdadero gobernador debido a su liderazgo, su sobriedad, su ejemplo familiar y, sobre todo, su cordial roce con ellos.
Un cálido día llegaba a su final, los tazones invadían comedores y despedían un fuerte aroma a té negro, mientras un Felipe, agotado por la jornada pero ansioso por ser abordado por su hijo quien le había mencionado que le tendría una sorpresa, llegaba a casa. En el camino, él, no paraba de imaginar cuadros solemenes del acontecimiento que Pablo iba a protagonizar. Sus sospechas, acertadas por cierto, lo envolvían en una impaciencia sana. Él sabía que desde hace tiempo, Pablo, andaba con una joven camarera de "El ángel", único restaurante, por llamarlo de alguna manera, turístisco del lugar. Ésta chica, de esbelta y bella figura, hija del sheriff del poblado, era la más noble "mujer soltera" del lugar. Aunque asediada por todos los varones, en su tiempo libre, prefería laborar con los voluntarios de la iglesia cuidando a los ancianos del lugar.
Felipe, ya en casa, enciende el viejo radio que le regaló su padre, en un sillón cálido al costado de una ventana, y con una taza de té en la mano, recorre con la memoria el día del nacimiento de Pablo; de pronto, ve dos caminantes aproximarse...