Soy libre

"Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús (Rom. 8:1)".
Siento que debo anunciarles el hecho más excelso, el acontecimiento que me dió la luz de mi vida. Porque, además, soy testimonio del amor del Dios único. Del Dios del universo. De nuestro creador. Puede ser tu historia también. Acompáñenme en el dulce relato que sacó mi alma del Seol, el cuentito de noche eterno y mi nueva meta.
Las personas que me conocen pueden dar fe de mi insospechada actitud de relajo, de mis sonrisas placenteras acaso perversas, de mi iniciativa por pasar momentos de supuesta alegría, de mi convicción de ser feliz. Los que están más integrados a mí, fueron testigos de mi tristeza emocional oculta bajo el título de mi 'alter ego'. De mi depresión absoluta y mordaza por falta de amor. Del miedo, del terror con el que me despertaba cada mañana para continuarla en las noches con pesadillas que resultaban más gratificantes pues éstas no eran reales como cada día vivido. De mi inconformismo por la vida que llevaba. De mi búsqueda por la única felicidad pretendiendo no ver al único que podía salvarme la vida.
'¡Aquí estoy!' fue la frase más sublime que pude oír. Fuí partícipe del evento de amor. Estaba sumergido en fangos de muerte, de terror, de odio, de iniquidad. De pronto, cuando no había solución, cuando detestaba seguir con esta muerta vida, cuando los monstruos habían, quizás, logrado su cometido de mantenerme en la ciénaga consumido en mi propia crapulencia. Logré, con poco esfuerzo, vislumbrar en la bóveda cubierta de niebla, de nubes estentóreas y ponzoñosas, una mano. Una mano amiga. Logré ver vida. Y me di cuenta de que siempre había estado ahí. Esperando. Con ternura infinita.
Desesperado, sin aguantar más un minuto sin Su presencia. Alcé mi débil y tullida mano hacia Él. Y logré saber que a cada instante Él intentaba conquistarme. Que todo lo que he visto, me ha robado una sonrisa o captado por unos segundos mi atención había sido Él, llamándome. Que jamás me dejó de lado. Que olvidé verlo. Sólo, como un niño, me entregué a Él. En ese momento el reloj se detuvo, no existían conocimientos, ni fuerza, no existía el espacio. Sólo éramos Él y yo. Su gracia y su perdón me acogieron en forma de un abrazo. Sentí su calor, su presencia en mí.
Fui feliz. Fue le mejor momento de mi vida. Soy feliz. Y estoy dispuesto a hacer su voluntad. No voy a volver atrás, no ahora que pude ver su luz. No hay nadie como Él. Alguien dijo alguna vez "Gracia es recibir lo que no merecemos. Misericordia es no recibir lo que sí merecemos". Debemos entregarnos a Él para saber de su gracia. Mi vida ahora Le pertenece. A pesar de haber perdido amigos, de renunciar a cosas que me gustaba hacer, todo vale la pena, créanme, si Él esta contigo.
"Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Rom. 3:23)". Debemos reconocer que somos pecadores en primer lugar. "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:8)". Somos salvos por Él, sólo debemos creer en Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, y ser testigos de su gracia porque "Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1ª Juan 1:9)".
Entrégale tu vida a Cristo. Los que me conocen saben que esta decisión no fue tomada a la ligera, lo busqué en la filosofía, en la ciencia, en mil vanas reflexiones; cuando Él estaba a mi puerta. Él te dice: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (Apoc. 3:20)".
Gracias Dios.

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